Cualquiera puede destrozar tus mitos, incluso los panaderos, que, si lo desean, pueden ser muy peligrosos en cuestión de acabar con las creencias de uno. Mi panadero lo hizo ayer conmigo, enterrando lo poco de parisino que le quedaba a mis desayunos, ya que me contó la verdadera historia del croissant, alejada de cualquier brasserie francesa. Asegura que en 1683, los soldados otomanos querían conquistar Viena y, para ello, decidieron cavar un pasadizo bajo las murallas que les llevara hasta el centro de la ciudad. Pero cometieron un error: trabajar por las noches, a la misma hora en que los panaderos realizan su labor, que los descubrieron en plena faena, dando la voz de alarma en toda la ciudad. Viena se salvó gracias a sus panaderos y, en recompensa, el emperador de Austria, Leopoldo I, les concedió diversos honores y regalos. Los panaderos, agradecidos, inventaron dos panes, uno al que pusieron el nombre de emperador y otro al que llamaron croissant, es decir, media luna, como burla al emblema que portaban los turcos. Más tarde, los franceses se apropiaron de la media luna. Es curioso, los panaderos acabaron con el sueño de los otomanos y también con el sentido de mis desayunos. Mejor no pregunto por el pan de Viena, no sea que...
Cada vez que alguien descubre que soy daltónico empieza un ritual en el que durante cinco o diez minutos sólo se repite la misma pregunta: “¿Y esto de qué color lo ves?”. La mayoría de las veces acepto resignado el interrogatorio monotemático y espero que empiecen las teorías, otro momento tradicional que sucede a las preguntas y en el que el interesado enumera las conclusiones que ha sacado: “Pues confundes los verdes con los marrones y no distingues los morados de los rosas y...” Las teorías sí que son variadas. Más tarde, cuando terminan las especulaciones surge la última pregunta: “¿Y no te gustaría ver como ven los demás?”. No lo creo. Los expertos aseguran que los colores se relacionan directamente con las emociones y ejercen una influencia directa y decisiva sobre la mente y el cuerpo, algo que tiene mucho que ver con la forma de actuar de las personas, ya que inciden tanto en el plano físico, como en el mental y el emocional. No me aburro de ser daltónico, cada día veo las cosas de una forma distinta, cada día me sugiere cosas nuevas que se escapan de un diseño convencional del mundo. Mis colores no tienen reglas establecidas. A esa pregunta yo siempre respondo: “Y a ti, ¿no te gustaría ver como lo hago yo?”
en el fondo, los dibujos animados son como nosotros
Michael Paulus tiene más ejemplos que lo demuestran
Para imaginar el cielo nunca he tenido problemas. Puedo ponerle imágenes sin hacer esfuerzo: un paisaje maravilloso, una adecuada temperatura, olores, sabores, colores, texturas... todo lo que se quiera añadir a gusto del consumidor (supongo que todo responde a una buena y larga campaña de marketing). Los problemas me surgían siempre al intentar plasmar el infierno con los sentidos. Me resultaba muy complicado. Pero acabo de leer algo que me ha procurado las primeras pistas de cómo debo imaginarlo. En Applied Optics, un escrito anónimo de 1972, se afirma que la temperatura del infierno no supera los 444,6º centígrados. Y tiene su lógica. En el Apocalipsis 21,8 aparece escrito que “..para los idólatras y los mentirosos, su herencia será el lago que arde con fuego y azufre”. Para que este lago sea científicamente posible la temperatura del azufre debe ser igual o menor que el punto de ebullición de éste, es decir, 444,6º centígrados, ya que, por encima de esta temperatura el azufre sería un gas, no un líquido. Para empezar, me vale.
Anna Muñoz Villar falleció el 23 de febrero de 2006 cuando contaba con 36 años. Se ruega una oración por su alma. El sepelio se celebrará hoy en la Iglesia de la Asunción a las 17.00 horas.
Acarició despacio las letras del nombre enmarcado en la esquela del periódico, casi sin rozar el papel. Por experiencia sabía que si se toca demasiado fuerte la tinta se corre el peligro de que las palabras se difuminen entre los espacios en blanco y los dedos, formando una mancha que siempre le resultó molesta, quizá porque el gris termina maquillando el significado de todo lo que cubre. Así que quiso mantener intacto aquel nombre: Anna Muñoz Villar. Su nombre. O mejor dicho, su otro nombre. Había decidido que a partir de ahora se llamaría Eva. Eva Aparicio Sas. Sonaba bien. Y lo repitió mil veces en silencio hasta convencerse de que para empezar de nuevo también hay que suicidar los nombres.
en el Charles de Gaulle,
mientras la cucharilla se mueve despacito
Mi nariz me está avisando de un posible resfriado, lo malo es que cuando avisa suele ser demasiado tarde para encontrar una solución. A principios de 1928, el profesor Bordier de la Universidad de Lyon, presentó al mundo científico un curioso aparato con el que aseguraba que podía curar resfriados en cuestión de pocos minutos. La maquinita tenía unos cables eléctricos que se introducían por la nariz del paciente, tras lo que se aplicaba una corriente eléctrica de alta frecuencia. Bordier sostenía que con la pequeña descarga la congestión se aliviaba y que la corriente acababa con todos los gérmenes sin dañar la nariz. ¿?
Anoche, junto a un semáforo, pude oír una curiosa conversación que giraba en torno a un verbo: Un conductor le gritaba a otro “que te follen” y el otro le respondía al primero “que te follen a ti”. El verbo follar procede de la palabra latina follicare (soplar), que a su vez viene de follis (fuelle). En su origen follar significó jugar o recrearse, aunque ahora los conductores lo utilicen para soplarse los unos a los otros.
