Un sencillo acto puede cambiar una historia compleja y lo que creíamos único se termina transformando el algo común. Cuando los españoles llegaron a México se quedaron fascinados con el olor que desprendía una planta denominada tlilxochitl. Era la vainilla, una orquídea que se utilizaba para elaborar brebajes medicinales. Bastaba con mezclar el fruto de la orquídea con cacao y otras especies para curar enfermedades de riñón, vejiga, tos y fiebre. Enamorados del olor de la orquídea, los conquistadores decidieron llevarla a España, desde donde muy pronto se extendió por Europa, pero, a pesar de que consiguieron que la planta creciera y floreciera, las nuevas orquídeas nunca daban frutos. ¿Qué habían hecho mal? Los insectos polinizadores que permitían la propagación de la vainilla sólo estaban en México, así que hubo que esperar hasta que Edmond Albius, un niño esclavo de Isla Reunión, descubriera la forma de hacerlo: tan sólo había que juntar las plantas con las manos para que se llevara a cabo el proceso de polinización. Aquel sencillo acto marcó el inicio de la revolución en la producción de la vainilla y acabó con la razón que hacía única a la tlilxochitl.