Cuando era pequeño me encantaban las cosas que olían a Rusia. No había visto nada que se asemejara a un ruso en mi corta vida, tampoco tenía la más remota idea de cómo podía ser ese país, ni los aromas que debían esconderse entre sus calles o en sus casas, y realmente me costaba descifrar las claves que permitieran a la imaginación dibujar un mapa en mi cabeza de lo que se escondía tras el Telón de Acero. Pero a mí me encantaba la forma en la que olía Rusia. Es cierto que tenía muchos datos de libros de texto cuyas ediciones se renovaban cada dos generaciones de rusos, pero sólo hablaban de historia y política, y nunca de cosas tan interesantes como los sabores, las formas, los colores, las palabras, los olores... y eso, para un niño, no son datos válidos. No sé realmente a qué venía aquella obsesión con el este europeo, porque, curiosamente, tampoco conocía qué había más al norte de mi tierra, o qué pasaba si cruzabas la frontera que nos separaba de Portugal, un país que, por las conversaciones que había escuchado a mis abuelos, debía estar lleno de café, o cómo era de salado el mar que se perdía en el sur. Nada de aquello me interesaba. Mi atención estaba puesta en Rusia y si hacía un esfuerzo conseguía imaginar a bellas mujeres envueltas en gruesos abrigos de pieles para resguardarse de un frío que suponía debía ser inmenso, podía soñar con formas de edificios terminados en puntas de cebolla y si me detenía y cerraba los ojos las palabras rusas se amontonaban en mi cabeza, que también sabía poner color, blanco helado, a unas calles alfombradas de nieve y repletas de olores.
Entonces la marca BIC tenía unos rotuladores de colores cubiertos con unos capuchones que me resultaban, literalmente, deliciosos. Un día descubrí que mi afición por morder esos pedazos de plástico tenía una razón: sabían a Rusia. Así que me podía pasar las horas chupándolos para intentar fijar en el paladar los sabores de los zares. Además, cerca de mi casa Telefónica tenía un local que comenzaba con unas rejas que daban paso a unas escaleras tras las que, pensaba, se escondía el mecanismo que hacía funcionar los teléfonos. Todos los días, al salir del colegio, junto a un amigo, corría hasta aquel lugar para intentar descubrir a la telefonista que me preguntaba cada vez que descolgaba el teléfono a qué número deseaba llamar. Aquellas escaleras eran mágicas, pero un día también se hicieron eternas, cuando identifiqué en la casa de al lado, tras una enorme puerta de madera, aquel olor tan característico. Recuerdo que le dije a mi amigo: “Aquí viven rusos, mira, huele a Rusia”. Y los dos olíamos todos los días ese pedacito de fragancia comunista que estaba junto a mi casa.
Un año dejó de hacer frío en mi tierra y ya no se fabricaron más rotuladores BIC con capuchones rusos, además, la casa junto al local de Telefónica fue derribada para construir pisos, por lo que, sin referencias, aquel olor se fue evaporando en algún lugar de mi memoria. Si hago un esfuerzo consigo dibujar el perfil de aquellas mujeres hermosas vestidas de piel o puedo recordar cómo pensaba que debía ser el frío ruso, pero su aroma se me perdió para siempre. ¿Cómo huelen las rusas? No tengo ni idea, aunque algunas veces me engaño y decido que ese olor debe ser una mezcla de humedad y tierra mojada después de la lluvia. Por eso, cuando conocí a Anna, toda Rusia se me enredó en la cabeza devolviéndome a una infancia en la que fui feliz. Anna tenía las manos heladas.

Todo autoretrato implica un riesgo semejante (Mariano Peyrou)
Si es tuyo. De lo mejor que he leído tras San Sorián. Aunque, estas historias me recuerdan un poco a la de los indios. Es como, el frío cargador de ideas de un francotirador. Aún así, nunca llegará a superar los cirios que tiritan. Lo sabes y te envidio. Salud camarada.
sabes hermano? tú también eres de lo mejor que he encontrado por ahí
Muy bonito, sí señor. Prácticamente todo, muy bueno.
Delicioso. Y me has hecho recordar cuando llamábamos por teléfono a través de operadora y siempre sospechábamos que se quedaba escuchando la conversación
Saludos
Me parece muy amena tu lectura y me gustaría leer mas, por lo que no se si será posible que me puedas decir un sitio en donde pueda ya leer los CIRIOS QUE TIRITAN que aqui comentan.
visité Rusia en el 2003 con mi esposa y resolví toda la necesidad interna de visitar ese pais....me parecio dos cosas.....la primera, una sociedad que aun no esta jugando el juego de la globalidad...pero queya se abrio y que tiene todo para triunfar en ella....recordemos que desde la cortina de hierro fue motivo de contrapeso en el orden mundial...quien lograrian ser desde su apertura.....gran reto que ponto los veremos resolver
la segunda y no menos importante...la raza mas bonita del planeta...y eso que parece nada, hoy lo es todo.