Conocí a Dolita el día que me dormí en su boca. Aunque desde entonces lo he intentado varias veces, mi memoria no ha conseguido descifrar con nitidez el espacio de tiempo en el que estuve perdida entre su lengua, un dulce estado de duermevela palatal que estoy convencida no duró menos de mil años, diez siglos repletos de labios torpes. Y es que Dolita no sabía besar, sólo intuía cómo debía ser la danza de la bocacha, un trenzado de dentelladas y caricias húmedas que terminaba por extenderse por toda la cara, camino del cuello, antes de detenerse en los pezones y traspasar la frontera del ombligo. Pero tampoco tuvimos interés por practicar los pasos, ni ella quiso aprender a bailar, ni yo lo deseé, ni lo necesitamos, porque la torpeza a veces era la mejor forma, o al menos la más divertida, de culminar aquellos peregrinajes bucales.
Lo peor de todo es que redescubrí tarde a Dolita y fue entonces cuando, detenida en mitad de su boca, supe que si apretaba fuerte los dientes e intentaba morderle el alma no se marcharía nunca. Me equivoqué. Fui yo quien se quedó para siempre. Entonces mi concepto de nunca se extendía durante, al menos, mil años, una medida de tiempo repleta de diez siglos que ahora me parece ridícula, escasa, minúscula, vacía, mínima y, sobre todo, infinitamente pequeña, todo lo contrario de lo que ha resultado significar la palabra siempre. Si debo hacer caso a mis fantasmas, intuyo que fueron sus olores los que me provocaron aquellas inútiles esperanzas con las que quería retenerla, quizás porque ella sabía acompañarse de un aroma a feria antigua, justo a lo que sabía todo lo que se extendía a ambos lados de su frontera umbilical. Todo aquello conseguía transportarme a los besos de mi madre y mi abuela, una época repleta de sonidos de labios en la que supongo que fui feliz porque no tuve constancia de que existieran las medidas de tiempo. El tiempo, decía Dolita, es sólo un invento de los que sufren, no existe cuando eres feliz, se hace real con el dolor, te acompaña con la pena y se eterniza con la tristeza, todos ellos sentimientos capaces de parir segundos, minutos, horas...
Hace unas horas que Dolita se ha marchado por su boca. Y lo ha hecho también de una forma desmañada, en una saltación en la que no ha deseado ni necesitado pareja y que tan sólo ha durado un instante. En esta última danza tampoco ha tenido problemas, pues los bailes que duran tan poco no necesitan de técnica alguna. Los instantes, cuando están repletos de desconsuelo, pueden prolongarse durante milenios, a la espera de que la memoria los esconda o los destierre. Ahora entiendo que ha sido esa memoria la que ha tenido la culpa de que Dolita se escurriera por su garganta hasta perderse, porque cuando alguien decide suicidar sus recuerdos termina por morirse, que es una forma de anestesiar el tiempo hasta que se culmina el holocausto de la evocación. Primero silenció la música, luego borró mi nombre, otro día escondió la lengua y más tarde dejó de saber quién era.
He sido torpe. Cuando la enfermedad empezó a devorarla sin tregua yo intenté cada día rellenar su mente con todo lo que ella dejaba atrás, en vez de pedirle que me atiborrara con sus últimos recuerdos. Supongo que esa hubiera sido la mejor fórmula con la que inventar su inmortalidad: permanecer en mí. Pero no lo hice. Solía preguntarme si sería capaz de dibujarla con olores o sabores el día que no estuviera, si sabría trazar el mapa de su cuerpo sin tener algo que acariciar o si podría construir el pentagrama de su risa sin los sonidos de su voz. Ahora tengo respuestas: me faltan referencias que ni siquiera sabía que debía atrapar o que simplemente pensé que no eran importantes y todo eso me da miedo, porque yo necesito bocetos, partituras y cartografía, porque preciso conocer los pasos de una danza antes de bailar... porque necesito recordar.
Hace apenas unas horas repletas de mil siglos que ella no está y ya sé que dentro de un minuto lleno de pequeños años Dolita pertenecerá a esa época en la que no existían las medidas de tiempo, en la que los sueños se llenaban de olores a feria antigua y se podían acariciar los sonidos de labios. Empezaré por borrar sus fronteras, como un hongo mortal que se expandirá desde su ombligo camino de su boca, puede que esa sea la única forma de quedarme entre sus dientes, luego esconderé mi lengua y cuando ya no sepa distinguir entre nunca y siempre, las letras de su nombre se habrán desmoronado entre las ruinas del paladar con el que compusimos nuestro abecedario. O quizás no sea así, porque la danza de la bocacha no tiene reglas, ni sabe de pasos...
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no sabes cuánto me gustaría extraviar las reglas, los pasos...