Para imaginar el cielo nunca he tenido problemas. Puedo ponerle imágenes sin hacer esfuerzo: un paisaje maravilloso, una adecuada temperatura, olores, sabores, colores, texturas... todo lo que se quiera añadir a gusto del consumidor (supongo que todo responde a una buena y larga campaña de marketing). Los problemas me surgían siempre al intentar plasmar el infierno con los sentidos. Me resultaba muy complicado. Pero acabo de leer algo que me ha procurado las primeras pistas de cómo debo imaginarlo. En Applied Optics, un escrito anónimo de 1972, se afirma que la temperatura del infierno no supera los 444,6º centígrados. Y tiene su lógica. En el Apocalipsis 21,8 aparece escrito que “..para los idólatras y los mentirosos, su herencia será el lago que arde con fuego y azufre”. Para que este lago sea científicamente posible la temperatura del azufre debe ser igual o menor que el punto de ebullición de éste, es decir, 444,6º centígrados, ya que, por encima de esta temperatura el azufre sería un gas, no un líquido. Para empezar, me vale.