Cada vez que alguien descubre que soy daltónico empieza un ritual en el que durante cinco o diez minutos sólo se repite la misma pregunta: “¿Y esto de qué color lo ves?”. La mayoría de las veces acepto resignado el interrogatorio monotemático y espero que empiecen las teorías, otro momento tradicional que sucede a las preguntas y en el que el interesado enumera las conclusiones que ha sacado: “Pues confundes los verdes con los marrones y no distingues los morados de los rosas y...” Las teorías sí que son variadas. Más tarde, cuando terminan las especulaciones surge la última pregunta: “¿Y no te gustaría ver como ven los demás?”. No lo creo. Los expertos aseguran que los colores se relacionan directamente con las emociones y ejercen una influencia directa y decisiva sobre la mente y el cuerpo, algo que tiene mucho que ver con la forma de actuar de las personas, ya que inciden tanto en el plano físico, como en el mental y el emocional. No me aburro de ser daltónico, cada día veo las cosas de una forma distinta, cada día me sugiere cosas nuevas que se escapan de un diseño convencional del mundo. Mis colores no tienen reglas establecidas. A esa pregunta yo siempre respondo: “Y a ti, ¿no te gustaría ver como lo hago yo?”