Cualquiera puede destrozar tus mitos, incluso los panaderos, que, si lo desean, pueden ser muy peligrosos en cuestión de acabar con las creencias de uno. Mi panadero lo hizo ayer conmigo, enterrando lo poco de parisino que le quedaba a mis desayunos, ya que me contó la verdadera historia del croissant, alejada de cualquier brasserie francesa. Asegura que en 1683, los soldados otomanos querían conquistar Viena y, para ello, decidieron cavar un pasadizo bajo las murallas que les llevara hasta el centro de la ciudad. Pero cometieron un error: trabajar por las noches, a la misma hora en que los panaderos realizan su labor, que los descubrieron en plena faena, dando la voz de alarma en toda la ciudad. Viena se salvó gracias a sus panaderos y, en recompensa, el emperador de Austria, Leopoldo I, les concedió diversos honores y regalos. Los panaderos, agradecidos, inventaron dos panes, uno al que pusieron el nombre de emperador y otro al que llamaron croissant, es decir, media luna, como burla al emblema que portaban los turcos. Más tarde, los franceses se apropiaron de la media luna. Es curioso, los panaderos acabaron con el sueño de los otomanos y también con el sentido de mis desayunos. Mejor no pregunto por el pan de Viena, no sea que...